Su padre fue el Tiíto. Piconero.
Hombre de bulla y taberna al que, tantos años después, aún se le recuerda por
su iconoclasta vivir entre aguardiente y pobreza. Mientras su padre vivió, al
Niño se le conocía por el Curri del Tiíto, pues su nombre de varón virgen fue
Francisco, como el de Asís. Aunque el de Asís, no es malo saberlo, tuvo más de
santo que de virgíneo, y de varón, todo lo humano que se dio en su tiempo. Pero
el Curri del Tiíto pasó a ser el Niño de las Tortas en sus mejores tiempos de
mocedad. Era lo que vendía para ganarse la vida entre el sentir de las gentes.
Hace unos días
dejó de serlo voluntariamente. Dejó de ser el Curri, el Niño…
Grandote,
inocente, risueño. En sus últimos años le dio por vestir con trajes de corbata
y sombrero de fieltro. ¿A que parezco un señor?, me preguntaba. Y no era por
ser domingo u otras cuestiones festeras. Nada más que por lucir sus trajes
oscuros colgados de tan alto de sus hombros caídos. Se le bamboleaban con sus
andares de coloso aniñado que arrastraba los zapatos sin saberlo.
Sus amigos de
pandilla infantil se casaron todos y todos lo invitaron a sus bodas. Yo le vi
el contento con la tarjeta de imprenta en la mano. Sus amigos de pandilla de
barrio no dejaron de tenerle respeto y él sentía una especie de adoración por
ellos y por eso celebraba, visiblemente, la felicidad que el casamiento
atribuye a los jóvenes.
No obstante,
en las últimas fechas andaba desaliñado y tristón. Su sonrisa de siempre apenas
era una mueca sin ganas. Y el último día de su vida, todos en el pueblo
tuvieron un saludo con él. Iba por en medio de la calle, a pleno sol de treinta
y siete grados, y alguien se lo advirtió. Ya me va a dar muy poco el sol, dicen
que respondió sereno. Por eso a todo el pueblo le extrañó, y le ha dolido
tanto, que su hermana se lo encontrara de ese modo muerto, voluntariamente
muerto. Como desde tan antiguamente se amuere
en los pueblos de España.






